18 mayo 2008

La violencia de ETA (II): estrategia

En el post anterior traté de analizar la violencia de ETA únicamente desde un punto de vista ético, aceptando el hecho de que para la izquierda radical la violencia no debería ser lícita más que como un medio de legítima defensa, y nunca de agresión. Pero indiqué asimismo que tal análisis poco importa si tenemos en cuenta que ETA plantea la violencia únicamente como un medio estratégico para conseguir un fin político: obligar al Estado a reconocer el derecho de autodeterminación vasco. Es evidente que desde ese punto de vista las consideraciones éticas pasan a un segundo plano.

Pero mi propósito actual es analizar la violencia de ETA precisamente desde un punto de vista puramente estratégico. Porque bien pudiera suceder que la violencia, pese a que no pueda ser éticamente justíficable, sí pueda serlo estratégica o políticamente: ¿el uso de la violencia acerca a ETA más a sus objetivos que una estrategia puramente pacífica?

Hemos de reconocer que es muy lógico pensar que una determinada presión ejercida sobre un Estado tiende a obtener de éste determinadas concesiones, sobre todo cuando dicha presión es múltiple: política, social y económica. La violencia de ETA ejerce presión en esos tres campos, por cuanto se trata de un problema político que genera sufrimiento en la sociedad y cuantiosas pérdidas ecónomicas. Sabemos también, por otro lado, que el Estado se ha sentado a negociar con ETA en varias ocasiones. Todo indica, pues, que la estrategia violenta da resultado.

Sin embargo la apariencia difiere sensiblemente de la realidad. Todas las negociaciones acontecidas hasta la fecha, protagonizadas por los Gobiernos de González, Aznar y Rodríguez Zapatero, han adolecido de una manifiesta mala fe por parte del Estado (algo reconocido desde la propia izquierda abertzale), que parecen considerar a la negociación como una mera arma para debilitar a ETA y a sus bases políticas. Eso ha sido así incluso en los tiempos en los que la organización armada asesinaba a cientos de personas al año, por lo que no hay razones para pensar que el nivel de violencia actual de ETA (con unos pocos asesinatos al año) vaya a obligar al Estado a tomarse más en serio la negociación.

Hay que tener en cuenta también que la violencia de ETA con el paso de los años ha conseguido el efecto contrario en la ciudadania española: no solamente ésta no se encuentra deseando una salida negociada al conflicto, sino que además se encuentra radicalmente en contra de la misma (algo en lo que ha colaborado activamente la propaganda estatal). Tanto es así que resulta suicida para cualquier Gobierno español plantear siquiera esa opción. Además, la propia existencia de ETA durante unos 50 años ha terminado por crear o reforzar determinados sectores estatales que se alimentan de la existencia de la organización o de la lucha contra la misma, y que lógicamente nunca verán con buenos ojos su desaparición: Partido Popular, Audiencia Nacional, periodistas-policía, seguridad privada, cuerpos policiales antiterroristas... ¿Hasta qué punto supondrán estos sectores un freno a una eventual estrategia negociadora del Estado?

Por supuesto que la violencia de ETA tiene otros efectos colaterales. Su manifestación consigue poner siempre sobre la mesa el crudo conflicto vasco, y que éste se encuentre permanentemente de actualidad. ETA copa los informativos y manifiesta, tanto nacional como internacionalmente, que existe un conflicto vasco y un problema territorial en España que sigue sin resolverse, para lo cual los cauces legales parecen insuficientes.

Pero a todo ello debemos sumar otros efectos no tan positivos si tenemos en cuenta que en pleno siglo XXI la mayoría de la sociedad, y sobre todo la izquierda, no acepta la lucha armada como un método político válido. La estrategia violenta de ETA consigue, pues, alejar de sí misma a amplios sectores populares vascos, españoles e internacionales que podrían ayudar a empujar al Estado hacia la solución del problema. Esta circunstancia debe ser cada vez más preocupante para una organización que ve cómo, a largo plazo, va perdiendo apoyo entre sus bases políticas.

Por último, la persistencia de la violencia etarra ha ayudado al éxito que ha conseguido la propaganda estatal al alejar el debate entre "nacionalismo vasco vs. nacionalismo español" y centrarlo en "violentos vs. no violentos", algo a lo que ha ayudado la reducción sustancial de la violencia estatal en los últimos años, aunque perdure actualmente la tortura y la violación de los derechos civiles y políticos.

Así pues, parece que la estrategia violenta provoca efectos positivos y negativos para los fines políticos que busca, y ETA debería reflexionar sobre los mismos y decidir cuáles destacan más. Pero insisto en que en esa valoración no se puede dejar de tener en cuenta los criterios éticos, que en mi opinión son los que más deberían pesar.


17 mayo 2008

La violencia de ETA (I): ética

Percibir la violencia únicamente como un medio tan lícito como cualquier otro para conseguir un determinado fin es una postura que coincide plenamente con el uso clásico de la violencia que ha hecho la humanidad durante toda su Historia. Una izquierda que aspire a una revolución total de las relaciones humanas está obligada a replantearse esa postura si fuese necesario. Y es obvio que si pretendemos construir un mundo más justo y humano desde pilares como la solidaridad es necesario que en ese análisis introduzcamos otros factores nuevos como el ético y el moral, aparte de los factores políticos y estratégicos habituales.

Por ello, si tenemos en cuenta que el principal resultado de la violencia es el dolor y el sufrimiento, la disyuntiva es obvia: ¿puede un determinado resultado estratégico o político compensar de algún modo el sufrimiento causado por la violencia? Creo firmemente (es una creencia meramente personal) que tal debate es estéril, por cuanto es muy difícil determinar si esa compensación existe, cuándo existe y cuándo no, y sobre todo cómo puede calibrarse. La respuesta es tan sumamente subjetiva, dependiendo del valor personal que cada uno otorgue a los distintos factores de la ecuación, que es muy posible que cualquier tipo de violencia pueda estar justificada por cualquier tipo de fin político-estratégico. ¿Qué tipo de proyectos políticos pueden, objetivamente, justificar el uso de la violencia? ¿Cuáles no? ¿Y qué límite tiene la violencia, si es que tuviera alguno según ese punto de vista?

La solución más razonable al respecto es simplemente no correr riesgos y concluir que la violencia NUNCA puede estar justificada por razones estratégicas o políticas. Así, y teniendo en cuenta que la violencia no es deseable por sus efectos perniciosos, es lógico concluir que no se debe hacer uso de la misma, o por lo menos se debe utilizar únicamente como último recurso. El debate se sitúa entonces entre un pacifismo moderado que sólo acepta el uso de la violencia como legítima defensa o un pacifismo radical que excluye cualquier práctica violenta incluso en legítima defensa.

Personalmente soy defensor de la primera opción, y aunque admiro a los pacifistas radicales creo que su postura no solamente no es viable en la sociedad actual sino que resulta incluso suicida. Me posiciono, pues, a favor del uso de la violencia únicamente como último recurso en caso de defensa propia. Por supuesto, el concepto de "defensa propia" implica una serie de presupuestos básicos:

1. Ha de existir un principio de proporcionalidad: la violencia ha de ejercerse frente a un ataque igual de violento, y por tanto el nivel de violencia de respuesta no debe exceder del nivel de violencia agresora.

2. La violencia de defensa ha de ser dirigida contra los objetivos directamente responsables del ataque: no puede ser dirigida contra objetivos que poco o nada tienen que ver con el mismo.

3. Por último no debe existir ninguna otra vía de defensa propia no violenta (legal, política, etc.), o bien ésta es manifiestamente insuficiente.

Tal postura, con tales presupuestos básicos, se sitúa en un equilibrio perfecto entre unos poderosos límites a la violencia y un efecto preventivo ante cualquier agresión. Por supuesto, esta tesis se puede aplicar a individuos o colectividades indistintamente, y a cualquier situación de agresión imaginable. En lo que respecta a un Estado, un ejemplo pertinente sería el de un policía que reduce violentamente (por supuesto manteniendo el principio de proporcionalidad mencionado en el punto 1) a un individuo que hace uso de la violencia para agredir a otros.

No es difícil hacer una valoración del conflicto vasco y la violencia de ETA a la luz de esta postura. Es evidente que cuando se producen torturas, agresiones físicas a manifestantes, ilegalizaciones forzosas de partidos, etc. se da una situación de agresión estatal ilegítima que podría suscitar una violencia en defensa propia absolutamente legítima. Sin embargo la violencia de ETA ha dejado de ser proporcional (por cuanto el Estado ya no asesina militantes vascos o lo hace muy infrecuentemente) y se ha extendido a colectivos que sólo tienen una relación muy indirecta con la violencia estatal (concejales o incluso ex concejales vascos, por ejemplo). La violencia etarra, pues, sólo obtendría justificación desde el punto de vista de la imposibilidad para defenderse por algún otro cauce pacífico de las agresiones estatales (debido principalmente a la impunidad de la que gozan los agentes agresores), pero la violación flagrante del resto de premisas invalidan el cumplimiento de ésta.

Resumiendo, la violencia de ETA (al menos en su nivel y estrategia actual) no creo que sea justificable. Pero no importa demasiado si tenemos en cuenta que ETA no comparte mi tesis y que ni siquiera parte de los mismos conceptos éticos que yo. Para ETA, la violencia se justifica desde el momento en que el Estado niega un derecho colectivo (el de la autodeterminación del pueblo vasco) y constituye un medio lícito para obligar al Estado a sentarse a negociar. Desde ese punto de vista cualquier otra consideración de tipo moral o ético pasa a un segundo plano, como suele ser habitual para cualquier Estado, imperio u organización que haga uso de la violencia al modo clásico, algo que debería hacer reflexionar a quien se considere a sí mismo "revolucionario".


(Próximo post: "La violencia de ETA (II): estrategia".)



01 mayo 2008

La verdadera crisis

Agobiados por la crisis de ricos, no nos queremos enterar de la crisis de los pobres. Hasta la ONU se ha dado cuenta de que millones de personas se están muriendo de hambre y sed y asco. Y de que van a morir muchas más. Si el mundo del siglo XXI no puede evitar este disparate de los precios, si el planeta del XXI no es capaz de conseguir que la gente no se muera de hambre, ha llegado el momento de hacer algo. La verdadera crisis no es la de las hipotecas: es la del hambre.

La crisis de los ricos es terrible, y más aún porque nadie la entiende, porque nadie sabe hasta dónde llega el agujero insondable de las deudas, porque nadie se atreve a saber hasta dónde alcanzan las pifias que han cometido los bancos y todo el entramado financiero de la voracidad institucionalizada. Lo que vemos debajo de tanta basura, tanto logo y tanta soflama es que el sistema está podrido. Siempre lo ha estado, pero ahora hemos alcanzado el clímax de la miseria. Hemos perfeccionado tanto el mecanismo que da soporte a la codicia que ya no hay forma de saber qué está pasando. Los estados se van a quedar sin dinero para tapar tanta infamia consentida y a veces alentada por ellos mismos. Las instituciones internacionales del dinero están ya sacando las cosas por la puerta de atrás. Mientras emiten sus obvios dictámenes y sus monsergas seroleras, todos tienen el helicóptero al ralentí esperando en las azoteas de sus lujosos rascacielos. Pero la verdadera crisis, que forma parte del mismo mundo y del mismo sistema, es que cuanto más y mejor se produce, más hambre se pasa. Cuantos más satélites y más redes y más inteligencia y más información, más millones de personas agonizan sin comida y trabajan por un euro de sol a sol.

La solución pasaría por la democracia de verdad, la que aún no nos hemos atrevido a imaginar. El verdadero problema no es el cambio climático, sino el cambio de ideas: estamos igual que en el neolítico. Hasta el espíritu depredador tendrá que evolucionar alguna vez.


Mariano Gistaín, en El Periódico de Aragón
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